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Comisión de sabios o sobre ocurrencias y chamanes

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Comisión de sabios o sobre ocurrencias y chamanes

Esta semana he leído una selección de muy buenos artículos que me he empeñado en unir en este post como si de piezas de un puzzle se tratara. En los tiempos que corren más que nunca se hace necesaria la comisión de sabios con grandes ideas y menos chamanes con simples ocurrencias.

Todo empezó con este sabio, el Premio Nobel de Economía e investigador de la Reserva Federal de los E.E.U.U., Finn Kydland, y su entrevista publicada en La Vanguardia titulada «¿Cómo saldremos de esta?». Una pregunta que me hago a menudo después de creer ingenuamente que, por fin, habíamos aprendido algo sobre la crisis del 2008 (y anteriores).

El camino más corto no es el que tomó España en esa época que recordamos como «la burbuja inmobiliaria» y que F. Kydland resume en la pérdida de capacidad productiva, acumulación de déficit y de deuda pública a base de destruir el valor

No seré yo quien hable de economía, pero me interesa —y mucho— saber más sobre lo que es necesario para salir de este nuevo traspiés como ciudadana y como trabajadora: innovar y generar valor. Sin innovación no podemos competir en el exterior. Además, si no retenemos el conocimiento y conservamos las habilidades productivas se destruye valor. La solución que nos propone el galardonado Premio Nobel es la previsión.

Este artículo me remite a mi sabio de cabecera, Zygmunt Bauman, el autor de una obra extensa y del concepto «sociedad líquida» (aunque ahora se le llame VUCA). Me pregunto en qué medida la previsión es posible en un mundo que cambia constante y rápidamente. Algo sobre lo que escribe —sabiamente— José Miguel Bolívar en este post donde nos obliga a cuestionarnos si se puede «intentar aprovechar para aprender de lo que está pasando». Destripo el final: va sobre aprender a pensar.

De Bauman a Xavier Marcet —en esta comisión de sabios— y un artículo para enmarcar titulado «Empresas genuinas». Si F. Kyndland nos habla del capital humano, X. Marcet nos da una lección sobre la diferencia entre tener una estructura de negocio para ganar dinero y «hacer empresa». No es suficiente con seguir las tendencias, explica, sino que la empresa genuina se caracteriza —y se distingue— por otorgar valor a las personas. 

Además, las empresas genuinas las sostienen y estimulan verdaderos líderes que contribuyen a su desarrollo, estando más pendientes de sus clientes y de sus necesidades con un modo propio —entendido como auténtico— de hacer las cosas, y menos «atentos» a las modas efímeras e inconsistentes, marketing vacío de contenido o meras ocurrencias.

Las empresas, sigue X. Marcet, se sirven de la tecnología para seguir siendo competitivas, pero nos recuerda que dicha tecnología es solamente la extensión de la actitud y del conocimiento de quienes las usan.

Así es como me redirijo al post de José Miguel Bolívar, «El error de confundir tecnología con efectividad». En él, vuelve a salir el valor de nuestro trabajo como profesionales del conocimiento: el valor está en pensar y en decidir. Además, añade J.M. Bolívar, «las tecnologías ni piensan ni deciden. (…) La solución no está en la tecnología, sino en desarrollar la efectividad como competencia». Es una conversación que he tenido ya varias veces con él desde que tengo el placer de trabajar a su lado. 

Yo soy Humanista desde el punto de vista académico y humanista por convicción. Al entrar en la Red de OPTIMA LAB me preocupaba ser una «cateta digital». Nunca me importó mucho la tecnología, de hecho me molestaba profundamente porque pensaba que me estaba quedando obsoleta en este mundo líquido por no dominarla. Hasta que entendí que la tecnología es solo un medio, nunca un fin. «Una persona efectiva es la que domina sus herramientas de trabajo», escribe J. M. Bolívar en su post.

¿Para qué sirven las humanidades?, te estarás preguntando. En palabras de mi compañero de estudios humanísticos Marc Ambit, «no se ven cuando se aplican, pero se sienten cuando están ausentes de nuestras vidas. Una sociedad que no cultiva las humanidades se empobrece. Una sociedad sin humanidades, al fin y al cabo, es una fábrica. Y sus habitantes no son personas, son máquinas».

Y así es como vuelvo a Xavier Marcet, quien en su artículo mencionado anteriormente nos advierte de que la Inteligencia Artificial resolverá muchas cosas mucho mejor que nosotros, «pero no podrán contextualizar, ni tener creatividad, ni sentido de la generosidad, ni entender la ironía o el matiz, ni las contradicciones, ni los dilemas, ni la motivación, tal y como hacen las personas». Lo cual, como humanista, me reconforta.

Unos días más tarde leo «Gestión por ocurrencias», también del sabio X. Marcet, donde nos recuerda que «una epidemia nos pone como humanidad ante el abismo» en plena era de la Inteligencia Artificial ¡qué paradoja! Y es que en este mundo cada vez más complejo —a la par que mediocre— sobran los expertos que sólo teorizan —y obstaculizan— y sufre un déficit de sabios que practican la prudencia, el talento y la humildad.

O como escribió Víctor Lapuente en su libro El retorno de los chamanes, este mundo necesita menos chamanes y más personas exploradoras que cuestionen y experimenten. Es por ello que creo firmemente en la necesidad de explorar otras vías de conocimiento

Porque nos enseñan muchas cosas a lo largo de nuestra vida, como a memorizar fórmulas o cómo aprobar una oposición. Pero nadie nos enseña a aprender, ni a innovar ni a generar valor. Así es como muchas organizaciones se encuentran hoy refugiadas en «la gestión por ocurrencias», entendida la ocurrencia como «aquello en lo que no te has parado a pensar ni diez segundos», afirma J.M. Bolívar.

Desde el punto de vista humanístico, F. Kydland, Z. Bauman, J.M. Bolívar, X. Marcet, V. Lapuente, nos ayudan a ver soluciones que otros no ven. A tomar las mejores decisiones para cada situación, con los mejores recursos que podemos disponer y para cada individuo en un entorno donde el cambio es la única constante. Y para recordarnos, como afirma M. Ambit, «cómo seguir siendo humanos en la era de la tecnología».

Comentarios

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Helga


Una sociedad sin humanidades es una sociedad sin alma, sin personas que cuestionan, piensan o reflexionan más allá de lo que dictan "las modas". Debe ser por eso que me produce un "dolor de muelas" cada vez que tengo que ponerme con temas de "marketing" jajaja. Siempre me ha gustado todo lo relacionado con la tecnología (tú ya sabes) pero de igual modo, soy consciente de que la utilizo para un fin. No salgo corriendo para comprar la última novedad en el mercado ¿para qué?. Tengo mi iphone de hace cinco años y me va estupendamente, mi portátil que lo mandaría a tomar viento cada vez que le da por colgarse en alguna videollamada pero para el resto de mis necesidades va estupendamente. Sé que, en el entorno de la efectividad, se remarca siempre que vivimos en un estado VUCA pero permíteme quedarme con mi adorado Bauman y su concepto "líquido", soy de viejas costumbres. Complicado ser precavido ante cualquier circunstancia si nunca te cuestionas/reflexionas/piensas sobre ella y lo que la envuelve. Me encantó tu artículo de hoy, ¡pura reflexión! Un abrazo Laura !!

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Laura Sastre


Z. Bauman habla también en su libro «Extraños llamando a la puerta» de los «poderes de seducción», refiriéndose a todas esas promesas que se nos hacen —desde la política hasta el mundo del marketing— sin que lleguen a ponerse en práctica todas esas promesas y pretensiones por cambiar las cosas. La mayor amenaza a la que nos enfrentamos, con la pérdida de las humanidades, es la negación misma de nuestra moral y de los estándares éticos.
Muchas gracias por compartir, Helga.
Un abrazo.

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