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El efectivo arte de no hacer nada

| tiempo de lectura 4:38'
El efectivo arte de no hacer nada

En un post reciente reivindicaba el arte del descanso, necesario en nuestro proceso de aprendizaje. En el post de hoy reivindico el arte de no hacer nada, más allá del estigma social asociado. No hacer nada como placer culpable o para mejorar tu efectividad. Defiendo el derecho a aburrirnos como punto de partida para dejar fluir la creatividad, para procesar información o para poder pensar sobre cualquier cosa.

Niksen : la moda holandesa de no hacer nada

Recientemente, mi compañero Jordi me descubrió un concepto nuevo para mí: «Niksen», un palabro que significa, literalmente, no hacer nada. Desde escuchar música a mirar a través de la ventana sin ningún propósito. Si en España nos toman por vagos por echarnos la siesta, en Holanda parece ser que se lleva el no hacer nada para ser más efectivo.

Te expliqué en el post anterior que la ciencia nos ha enseñado que el descanso es necesario  para recargar pilas, lo cual nos lleva a tomar mejores decisiones y a que fluya nuestra creatividad.

¿Eres capaz de estar 5 minutos sin hacer nada? A mí me costaba horrores, por eso hace años me inicié en el yoga, para abstraerme de todo y conseguir no hacer nada. Hoy puedo decir que estos momentos de no hacer nada no tienen precio.

La culpabilidad por no hacer nada

A la mayoría de las personas les pesa la culpabilidad por no estar ocupadas. El filósofo Nemrod Carrasco —conocido por poner de moda la filosofía justo en el momento de su desaparición en las aulas como asesor en la serie Merlí—, explica que nos han enseñado que «tanto produces tanto vales», como si todavía trabajáramos en un entorno industrial. Muchas personas siguen pensando que el valor de su trabajo se encuentra en rendir más utilizando un mínimo de recursos. 

De hecho, hoy en día proliferan modernas apps que nos miden el tiempo invertido —por no decir gastado— en todo lo que hacemos prometiéndonos aumentar nuestra productividad. Cuánto tiempo has estado navegando en Internet. Cuánto tiempo has estado en Instagram. Cuánto tiempo has usado tu dispositivo y en qué. Cuántos pasos has dado. Cuánto tiempo has corrido. Cuántas calorías has ingerido. Cuántas calorías has quemado.

Medimos todo lo que hacemos en unidades de tiempo. Nos quejamos de nuestro trabajo, pero en nuestra vida personal y en nuestro ocio seguimos midiéndonos —sin que nadie nos obligue a ello— a la par que buscamos desesperadamente cursos de gestión del tiempo como si fuera la panacea para todos nuestros males.

Si te dieran dos horas más al día sería una pérdida de tiempo, David Allen

Lo que ocurre es una paradoja. Ponemos toda nuestra atención en el tiempo. Vivimos en una obsesión por el tiempo productivo. En lugar de poner nuestra atención en mejorar nuestra efectividad: en lo que hacemos, en cómo lo hacemos y en para qué hacemos las cosas. Y es que efectividad y productividad no es lo mismo.

Vivimos bajo la presión de la productividad, sintiéndonos culpables si nos atrevemos a echar una cabezadita o a no hacer nada. El aburrimiento cae como una amenaza sobre nuestra conciencia. Sentimos la necesidad de llenar el tiempo haciendo cosas sin tomarnos la molestia de valorar si nos gusta o no lo que estamos haciendo. 

Date permiso para aburrirte

También vivimos bajo el sometimiento de la cultura del ocio que tanto ha invertido para que no nos aburramos, llenándonos de promesas de experiencias inolvidables y estímulos 24/7 que, posiblemente, no siempre cumplan con tus expectativas 

¡Cómo no sentirte culpable si te atreves a no hacer nada! Buscas cosas para hacer con tal de rentabilizar tu tiempo. ¿Cuándo fue la última vez que te aburriste o te diste permiso para no hacer nada? ¿Qué es lo peor que puede ocurrir?

He hecho este ejercicio durante estos días intentando recordar esos momentos y muchos me remiten a la infancia. Una madre temerosa de que me ocurriera algo si bajaba a la calle a jugar hizo que pasara muchas tardes en casa, mortalmente aburrida

De esas tardes de no saber qué hacer surgieron muchas cosas como la estimulación para pensar. Leía a escondidas los libros que mi padre terminaba y devolvía a su lugar creyendo que no se daban cuenta a pesar de las advertencias de que no eran lecturas para una niña. 

Con sólo 7 años empecé a escribir lo que yo consideraba «novelas» creyendo que algún día, de mayor, los publicaría y sería una escritora de best-sellers. Las tediosas tardes de verano que no íbamos a la playa estudiaba los libros de texto del curso que aún no había empezado para asombro de mis profesoras.

Una generación que no soporta el aburrimiento será una generación de escaso valor, Bertrand Russell (filósofo)

Ya de adulta me he dado cuenta de que mis momentos de no hacer nada se dan cuando estoy en la sala de espera de una cita médica porque, para no perder mi turno y evitar que se me cuele alguien, prescindo del teléfono y de las lecturas ya que si me sumerjo en ellas pierdo la noción del tiempo. Estos tiempos «muertos» son todo menos productivos, pero me permiten relajarme y desconectar de todo.

Tampoco hago nada cuando estoy en la ducha. De hecho, aprovechando el teletrabajo, me doy el lujo de una relajante ducha en plena jornada laboral para procesar toda la información que me ha llegado en las últimas horas permitiéndome tomar perspectiva de las cosas y enfriar algunas decisiones.

Otra situación se da cuando voy conduciendo en piloto automático y decido no encender la radio. Estimula mi pensamiento y siento que me surgen ideas que creo que van a cambiar el mundo. Algunas puede que hasta lleguen a buen puerto.

Y una de las mejores experiencias que tengo de no hacer nada fue en un maravilloso viaje. Estar 15 días sin conexión a internet, y fue en este siglo XXI. Ese fue un viaje a mi interior que dejó poso. Porque no hacer nada te permite desconectar de la noción del tiempo para conectar con una sensación de vacío, sin estímulos externos, en los que aprendes a escucharte

Conclusiones

Hace un par de semanas te hablé del libro El don de la siesta de Miguel Angel Hernández, quien nos habla de actuar contra la sobredosis de estímulos para practicar «el arte de la interrupción» y el reencuentro con tu propio cuerpo.

Por qué no darnos permiso para no hacer nada, hasta para aburrirnos. Puede ser un buen punto de partida para poder pensar sobre cualquier cosa.

Comentarios

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Helga


Buenísimo post, me encantó!! Mucho para reflexionar, sin duda. Tu texto me ha hecho recordar la conversación que tuvimos este último fin de semana durante una comida con unos amigos.
Nos preguntaron por nuestro último viaje a Punta Cana durante Semana Santa. No entendían muy bien porqué era la cuarta vez que volvíamos si, teóricamente, íbamos a un resort a "no hacer nada" y podíamos ir a un hotel aquí mismo. Obviamente les dejamos claro que Republica Dominica tiene mucho por descubrir y por ver si te lo propones pero, además, nuestras visitas siempre han coincidido con una necesidad de, precisamente, "no hacer nada". Y esa desconexión nos la proporcionaba todo un entorno maravilloso como son sus playas, sus palmeras y ese cielo azul inolvidable e inspirador (qué te voy a contar que tú no sepas 😉) Con esto quiero decir que, ser consciente de "no hacer nada" es una opción sana y muy recomendable, que permite conocerte y, por supuesto, activar tu parte creativa al tener una mente "en calma" y dispuesta a captar hasta el mínimo detalle.
Hoy me he enrollado un poco, perdona🙏 !! Besotess y un fuerte abrazo!!

Laura Sastre avatar
Laura Sastre


Hola Helga,
Muchas gracias, de vez en cuando conviene recordar que necesitamos espacio mental ¡no hay por qué sentirse culpable, más bien lo contrario!
Es un derecho y una obligación para volver a cargar las pilas ;)
Un abrazo.
Laura.

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